julio 19 2026

Otra vez los taxis. Otra vez los golpes grabados

Por Danny Medina

No recuerdo quién lanzó el primer golpe. Recuerdo, en cambio, los teléfonos. Decenas. Quizá cientos. Todos apuntando hacia el mismo lugar, como si aquella esquina se hubiera convertido de pronto en un estudio de televisión improvisado. Un hombre gritaba que lo soltaran. Otro respondía con un puñetazo. Un taxi quedó atravesado en la calle mientras los pasajeros miraban sin saber si bajarse o seguir esperando. Alguien, detrás de mí, soltó una frase que resumía mejor que cualquier reporte policial lo que estaba pasando.

—Otra vez los de los taxis en Durango.

Y sí. Otra vez.

En Durango ya ni siquiera sorprende que una pelea entre choferes del sindicato de la CTM o de la Alianza termine ocupando las redes sociales antes que los informes oficiales. Lo verdaderamente extraño sería que una semana transcurriera sin un video de insultos, amenazas o golpes protagonizado por quienes, en teoría, deberían dedicarse a transportar personas, no a espantarlas.

El asunto es curioso. Porque cada nueva gresca siempre parece un hecho aislado… hasta que uno recuerda la anterior. Y la anterior de la anterior. Entonces deja de ser un accidente para convertirse en una costumbre.

Hay una escena que se repite casi con precisión matemática. Dos conductores discuten por un pasaje, por un sitio de ascenso, por un supuesto invasor de ruta o simplemente por una diferencia que nadie termina de entender. Las palabras duran segundos. Después aparecen los empujones. Luego los golpes. Finalmente llegan los celulares, que hoy funcionan como una especie de Ministerio de la Verdad ciudadano: si no quedó grabado, pareciera que nunca ocurrió.

Resulta llamativo que los únicos que parecen entender la importancia de esas imágenes sean precisamente quienes las graban. Porque después vienen los comunicados, las promesas de investigar, las versiones encontradas y, con frecuencia, el silencio. Hasta la siguiente pelea.

No es un problema de dos personas con mal carácter. Pensarlo así sería demasiado cómodo. Cuando episodios semejantes ocurren una y otra vez dentro de los mismos gremios, el problema deja de ser individual para convertirse en estructural. Hay algo en la manera en que se administran los conflictos, en la competencia diaria o en la ausencia de consecuencias reales que termina normalizando la violencia como mecanismo para resolver diferencias.

Lo preocupante no es únicamente la imagen que proyectan los sindicatos de transporte. Es la confianza que pierden los ciudadanos. Porque quien observa a dos choferes golpeándose en plena vía pública inevitablemente se hace una pregunta sencilla: si así reaccionan entre ellos, ¿cómo responderán cuando el conflicto sea con un pasajero?

Quizá por eso el video se comparte miles de veces. No porque la violencia divierta —aunque internet tenga esa extraña capacidad para convertir cualquier pelea en espectáculo—, sino porque confirma una sensación incómoda: algunas instituciones parecen incapaces de corregir problemas que llevan años arrastrando.

Las redes sociales tampoco ayudan demasiado. Transforman una pelea en contenido de consumo rápido. Aparecen memes, comentarios burlones, apuestas sobre quién ganó el pleito y ediciones con música de fondo. En cuestión de minutos, un hecho que debería provocar reflexión termina convertido en entretenimiento colectivo. El algoritmo premia el escándalo. La discusión de fondo casi nunca obtiene los mismos clics.

Pero apagar el teléfono no elimina el problema.

Porque mientras el video acumula reproducciones, cientos de taxistas salen todos los días a trabajar con profesionalismo, cargando además con el peso de una reputación deteriorada por unos cuantos. También ellos pagan el costo de cada gresca viral. Cada puñetazo termina golpeando la credibilidad de todo el gremio.

Y eso debería preocupar especialmente a las dirigencias sindicales. No basta con deslindarse cuando el video ya circula por todas partes. La verdadera autoridad se demuestra antes de que aparezcan los golpes, no después.

Las ciudades también cuentan su historia a través de las escenas que se vuelven habituales. Algunas presumen parques llenos, ciclovías o conciertos. Otras terminan siendo recordadas por videos de riñas en cruceros concurridos. No porque representen a toda la ciudad, sino porque se repiten demasiado.

Mientras veía uno de esos videos pensé que el verdadero protagonista no era el hombre que lanzaba el puñetazo ni el que intentaba responder. Era el muchacho que grababa con una serenidad casi profesional, moviendo apenas el celular para no perder detalle. Ni siquiera parecía sorprendido. Sabía exactamente dónde ponerse para obtener el mejor ángulo.

Y quizá esa sea la parte más preocupante de todas.

Que ya nadie pregunta qué pasó.

La mayoría simplemente aprieta el botón de grabar, porque, en el fondo, todos sospechan que no será la última vez.