julio 18 2026

La feria de Durango que siempre debe cuentas

Por Danny Medina

El cartel 2026 llegó como llegan estas cosas: por WhatsApp, con globos y una tipografía roja que grita más que informa, veinte años cumplidos y un nombre que ya nadie discute, La Villista, como si Francisco Villa hubiera aprobado personalmente el reguetón. Alguien lo reenvió con un mensaje escueto: «ahí está, a ver si esta vez sí». El “esta vez sí” es la frase que más se repite en Durango cada mes de julio, una especie de salmo cívico que no necesita explicación porque todos sabemos a qué se refiere: a las ganancias, a si la feria deja algo o si, como cada año, termina siendo una fiesta de veinte días que paga su propia resaca con dinero público y promesas de la próxima edición.

Empieza hoy. Diecisiete días de Velaria —salvo el 2 de agosto, que por algún motivo de logística que nadie ha explicado del todo se muda al Estacionamiento 2, como si Marco Antonio Solís mereciera menos alfombra roja que Gloria Trevi— y un desfile de nombres que van de lo seguro a lo predecible: Trevi abre con su Glow reciclado, Marisela promete ser eterna porque a estas alturas ya lo es, y entre medias aparecen Adrián Uribe, El Tri, Yuridia, Alejandra Guzmán, Matisse. Cartel de feria mexicana clásica: algo para la nostalgia de los papás, algo para el streaming de los hijos, y ni una sola sorpresa que obligue a nadie a cambiar sus planes de vacaciones.

—Este año sí va a dejar —me dijo un funcionario hace unos días, con esa seguridad de quien repite una frase que ya ha dicho en cuatro conferencias de prensa distintas—. Hay patrocinios nuevos, hay más días de Estacionamiento 2, hay control de accesos digital.

—¿Y el año pasado qué pasó con el control de accesos digital?

—El año pasado fue distinto.

Siempre es distinto. Esa es la gran certeza de la Feria Nacional Francisco Villa 2026: cada edición es la excepción que por fin romperá la regla no escrita de que estas ferias no dejan ganancias, solo dejan básculas de feriantes desmontadas, palenques con sillas vacías a mitad de show y un informe financiero que aparece meses después, cuando ya nadie pregunta, con cifras que se leen como una novela de terror doméstica: ingresos que no cubren los costos de producción, artistas que cobraron en dólares mientras el boleto se vendía en pesos con promociones de dos por uno, y patrocinadores que pusieron su logo en la lona pero no el efectivo suficiente para sostenerla.

El asunto tiene su historia. Durango no es una ciudad que necesite inventarse una feria para tener identidad —tiene cine, tiene minería, tiene el nombre de Villa tatuado en cada esquina— pero decidió hace veinte años que también necesitaba su Velaria y su Vaquero Night y su gramola de nombres grandes cada verano, como si la nostalgia también hubiera que importarla en formato de gira. Y cada año el argumento es el mismo: que la feria detona la economía local, que los hoteles se llenan, que los taqueros de la explanada venden como en Navidad. Puede ser cierto. Pero esa economía derramada nunca aparece en los números que de verdad importan, los del organismo que organiza el evento, que sigue cerrando con déficit con la regularidad de un reloj descompuesto que, contra toda lógica, da bien la hora dos veces al día.

Hay algo casi entrañable en la insistencia. Como el borracho que jura que esta ronda sí es la última, Durango jura cada julio que esta feria sí va a dejar ganancias, y cada agosto llega alguien con una calculadora a explicar por qué no. Mientras tanto el cartel sube de precio —los boletos de Velaria ya no son lo que eran, y quien se acuerde de cuando entrar costaba lo mismo que una torta ahora tiene que buscar promociones como quien busca petróleo—, y el argumento de “esta vez sí” se sostiene menos en cifras que en la fe, que es la moneda más barata y más usada en estos casos.

Lo curioso es que a nadie parece importarle demasiado que la feria no deje ganancias, siempre que deje feria. Ese es el verdadero contrato social del asunto: que haya Gloria Trevi el día 17, que haya Alejandra Guzmán el 27, que el Estacionamiento 2 se llene el 2 de agosto aunque suene raro decir que uno fue a ver a Marco Antonio Solís entre coches. El dinero es una preocupación de las mañanas siguientes, de los que hacen los números; la noche pertenece a otra contabilidad, la de la gente que baila sin preguntarse si el evento es sustentable, porque para eso ya están los reporteros, los regidores y los memes.

Conocí, hace un par de años, a un señor que llevaba dieciocho ediciones consecutivas vendiendo elotes en la explanada de la Villista. Le pregunté si a él la feria le dejaba ganancias.

—A mí sí —dijo, sin dudar—. Yo no dependo de que venga Alejandra Guzmán. Yo dependo de que la gente tenga hambre.

Y ahí, en la lógica de ese hombre con su carrito, está probablemente la única cuenta que en veinte años de Villista siempre ha cerrado en positivo.