agosto 22 2026

El informe de Toño Ochoa: ¿y la ciudad de Durango cuándo?

Hay una escena que se repite estos días en Durango: alguien pregunta cuándo será el informe del presidente municipal  y, antes de terminar la frase, aparece la misma cara de siempre, esa mezcla entre curiosidad y desconfianza que ponemos cuando sabemos que nos van a contar una historia bonita pero sospechamos que nos están dejando fuera algunos capítulos.

Porque vienen los informes de resultados. Y uno empieza a preguntarse qué va a decir Toño Ochoa cuando suba al escenario y llegue ese momento inevitable en el que los números se convierten en discurso, los problemas en áreas de oportunidad y las fotografías de funcionarios trabajando en prueba documental de que, efectivamente, alguien estuvo trabajando.

El asunto es curioso.

Un informe municipal en este 2026 puede convertirse en muchas cosas: un balance administrativo, un escaparate político, una colección de cifras o, si uno tiene un poco de mala leche —que en Durango tampoco es que escasee—, una especie de examen en el que el alumno decide las preguntas.

Toño Ochoa tendrá que hablar de una ciudad que, según el discurso oficial, avanza, pero que también tiene esa desagradable costumbre de recordarnos lo contrario cuando llueve durante quince minutos y algunas calles se convierten en una prueba de supervivencia para automovilistas, motociclistas y peatones.

Y ahí aparece una pregunta bastante incómoda: ¿qué lugar ocupará la infraestructura pluvial en el informe?

Porque una ciudad no se mide únicamente por las obras que inaugura con una fotografía, una tijera y varias personas detrás. También se mide por lo que ocurre cuando cae el agua. Y en Durango hemos tenido suficientes episodios recientes como para saber que la lluvia tiene un talento particular para convertir los discursos de modernidad en una conversación mucho más sencilla: ¿por dónde se va el agua?

Luego están las prioridades.

En los últimos meses hemos visto inversiones millonarias en proyectos que pueden ser defendidos desde la estética, el turismo o la imagen urbana, pero que inevitablemente generan una pregunta bastante menos elegante: ¿era eso lo que más necesitaba la ciudad?

Porque una estatua de la familia puede esperar. Una plaza puede esperar. Incluso algunas fotografías pueden esperar.

El agua, en cambio, tiene horarios propios.

Y después está el predial. Ese asunto que quizá tenga la mala educación de aparecer en la memoria de los ciudadanos aunque no aparezca en las diapositivas del informe. El llamado predialazo no es únicamente una discusión de porcentajes, tablas y actualizaciones catastrales. Para quien recibe un recibo más caro, es algo bastante más sencillo: cuánto tiene que pagar.

—Pero hay más servicios.

Sí. También hay más recibos.

Y en una ciudad de Durango donde cada peso cuenta para las familias, explicar el incremento resulta tan importante como anunciar una nueva obra.

El informe del Ayuntamiento local tendrá que hablar de resultados, pero también de preguntas. Y quizá ahí esté la verdadera diferencia entre una presentación institucional y una rendición de cuentas.

Porque decir cuántas obras se hicieron es relativamente sencillo. Lo complicado es explicar cuáles eran realmente necesarias, cuánto costaron, quién las hizo, bajo qué contrato y qué problema concreto resolvieron.

Lo mismo sucede con los eventos.

El Festival Ricardo Castro dejó preguntas alrededor de sus contrataciones y del dinero público destinado a artistas y producción. Más allá de la discusión política, hay una pregunta que debería ser bastante normal en cualquier administración: ¿cuánto costó y por qué?

No hace falta convertir cada contrato en una novela policiaca. Basta con enseñar los documentos.

Y luego está ese otro asunto del que en Durango se habla en voz baja, en voz alta y, dependiendo de quién esté sentado en la mesa, hasta con señas: la presencia de los llamados “Murciélagos” y el despliegue de fuerzas federales que llegó al estado de Durango.

Sobre eso quizá no corresponda al presidente municipal explicar todo. Pero tampoco puede fingirse que la ciudadanía no pregunta.

Porque Durango tiene una característica incómoda para cualquier político: aquí nos conocemos.

Sabemos quiénes somos, quién es amigo de quién, qué familia aparece detrás de determinado apellido, quién estuvo antes y quién está ahora. Tenemos memoria, aunque a veces nos falle para recordar dónde dejamos las llaves.

Por eso el próximo informe de Toño Ochoa no debería ser solamente una sucesión de cifras positivas, obras terminadas y fotografías cuidadosamente seleccionadas.

Debería ser también una oportunidad para explicar lo que salió mal, lo que falta y aquello que todavía no termina de convencer que es mucho.

Al final, quizá la pregunta más sencilla sea la más difícil: ¿cómo está realmente la ciudad?

La respuesta no estará necesariamente en el escenario del informe.

Tal vez esté, como suele ocurrir, en una calle después de la lluvia, con un automóvil avanzando despacio, un motociclista buscando por dónde pasar y alguien desde la banqueta levantando el pantalón para no mojarse los zapatos.

Ahí también se rinde un informe.

Y ese, por cierto, no lleva diapositivas…