‘Alicia en el País de las Maravillas’ (2010): un retrato del miedo a crecer y al juicio ajeno disfrazado de cuento fantástico

La versión de Tim Burton convierte el clásico de Lewis Carroll en una alegoría sobre la autonomía femenina, la tiranía del conformismo social y la diferencia entre obedecer por amor o por miedo
Una joven atrapada entre lo que se espera de ella y lo que ella desea
No es casualidad que Alicia caiga por la madriguera en el preciso instante en que un hombre se arrodilla para pedirle matrimonio ante cientos de invitados. La película de 2010 construye su punto de partida sobre esa fractura: una joven de diecinueve años a quien la sociedad victoriana le ha trazado ya el único camino aceptable —casarse bien, vestir corsé, no imaginar cosas imposibles— y que en el momento de rendirse elige, en cambio, huir. Lo que encuentra al otro lado del agujero no es una fantasía escapista sino un espejo deformante de los mismos conflictos que acaba de abandonar.
Un mundo fantástico que replica los males del real
Inframundea —el nombre con que los habitantes llaman a ese territorio— se presenta como un reino devastado por la tiranía de la Reina Roja, quien derrocó a su hermana la Reina Blanca e impuso un gobierno del miedo. La crueldad de la soberana no es gratuita: manda decapitar a un súbdito por haberse comido una tarta hambrienta, usa animales vivos como mobiliario de palacio y se rodea exclusivamente de personas con rasgos físicos desproporcionados. Cada detalle de su corte es, en realidad, la exageración grotesca de una misma lógica: si todos se sienten defectuosos, ella no se sentirá tan sola en su diferencia.
La película insinúa que ese comportamiento nace de un complejo de inferioridad cultivado desde la infancia. La Reina Roja creció a la sombra de una hermana menor bondadosa y admirada por todos, y ese sentimiento de menosprecio se transformó, con los años, en arrogancia, crueldad y una necesidad compulsiva de control. Su lógica de gobierno se resume en una pregunta que ella misma formula en voz alta: ¿es mejor ser temida que amada? La película la plantea como dilema genuino y reserva la respuesta para el desenlace.
La Alicia correcta y la batalla que no se ha librado
Los habitantes de Inframundea aguardan a la Alicia que aparece en el oráculo —un pergamino profético— porque está escrito que ella matará al Jabberwocky, la criatura colosal que sirve como arma y símbolo del poder de la Reina Roja. Pero la Alicia que llega niega ser esa persona. No se trata solo de modestia: su resistencia refleja algo más profundo. El Sombrerero lo dice con claridad cuando la conoce: no es ni la mitad de lo que era la primera vez que visitó este mundo, de niña, cuando todavía era capaz de imaginar cosas imposibles sin avergonzarse.
La infancia de Alicia aparece en la película como un tiempo de libertad intelectual que la adultez ha ido erosionando. Su padre la alentaba a pensar en seis cosas imposibles antes del desayuno; su prometido le reprende que imaginar sea una pérdida de tiempo. El viaje a Inframundea es, en este sentido, el proceso de recuperar esa capacidad perdida.
El poder del miedo y sus grietas
Uno de los hallazgos narrativos más eficaces de la película es la revelación que el Sombrerero descubre en la corte de la Reina Roja: las narices enormes, las papadas colosales y los senos exagerados de sus cortesanos son postizos. Nadie tiene realmente esos rasgos; todos los fingen para ganarse el favor de una reina que se siente menos sola cuando su rareza se convierte en norma. Esa escena funciona como demostración práctica de lo que el miedo produce: no lealtad, sino teatralidad. No afecto, sino cálculo de supervivencia.
El ejército de la Reina Roja obedece mientras el Jabberwocky vive. En el momento en que Alicia le corta la cabeza a la bestia, los soldados arrojan sus armas al suelo sin que nadie se lo ordene. El poder que parecía absoluto era, en realidad, tan frágil como la criatura que lo sostenía. El miedo puede imponer obediencia momentánea, concluye la historia, pero no genera los vínculos que hacen estable a un reino —ni a ninguna otra forma de comunidad humana.
La decisión que nadie puede tomar por ella
Antes de la batalla, la Reina Blanca le dice a Alicia algo que resume la tesis moral de la película: no puedes vivir para complacer a los demás. La decisión tiene que ser tuya, porque al final eres tú quien enfrenta las consecuencias, las victorias, las derrotas y la historia que construyas. Es la misma lección que Alicia ya había rozado en el kiosco, cuando congeló el tiempo ante la propuesta de matrimonio. Entonces huyó. Ahora, en cambio, elige quedarse y pelear.
El enfrentamiento con el Jabberwocky no es solo una batalla física. Mientras combate, Alicia se repite en voz baja las seis cosas imposibles que su padre le enseñó a contemplar. La última de ellas es matar a la bestia. El acto de nombrar lo imposible como posible es, precisamente, el mecanismo que la película propone para desactivar el miedo paralizante.
El regreso y la transformación
Cuando Alicia vuelve al mundo real, el tiempo apenas ha transcurrido. Pero ella ya no es la misma. Rechaza públicamente la propuesta de matrimonio, confronta a quienes la juzgaron durante la fiesta, tranquiliza a su madre y busca a uno de los socios de su difunto padre para retomar los proyectos comerciales que él nunca pudo realizar. La última imagen la muestra embarcando en un navío llamado Maravilla, rumbo a una expedición de negocios. Sobre su hombro se posa Absolem, la oruga sabia convertida ahora en mariposa: el símbolo explícito de la metamorfosis que la historia ha narrado durante dos horas.
La película no propone la “locura” como desconexión de la realidad ni como regresión a la infancia. La define, más bien, como la capacidad de imaginar un camino propio cuando todos los caminos disponibles han sido trazados por otros. En ese sentido, el acto más radical de Alicia no es matar a un dragón en un mundo fantástico, sino volver al mundo real y negarse a vivir una vida que no es la suya.
