marzo 05 2026

Capturan a Nicolás Maduro y la pregunta incómoda aparece: ¿quién toma ahora el control de Venezuela?

La posible captura de Nicolás Maduro no resuelve el problema de fondo en Venezuela. El verdadero debate no es el líder, sino el poder, la soberanía y el nuevo lenguaje con el que se justifican las intervenciones

La noticia sacude titulares y redes sociales: capturan a Nicolás Maduro. Para muchos, el anuncio suena a final de una era. Para otros, a justicia largamente esperada. Pero detrás del impacto inmediato hay una pregunta que incomoda más de lo que tranquiliza: ¿y ahora qué sigue realmente para Venezuela?

La respuesta no está en el nombre del presidente ni en la caída de una figura visible. Está en algo mucho más profundo y menos espectacular: el entramado de poder que permanece intacto incluso cuando el líder desaparece.

Quitar al líder no es desmontar el régimen

Michel Foucault lo explicó hace décadas: el poder no es una persona, es una red. Una estructura que atraviesa instituciones, burocracias, fuerzas armadas, sistemas económicos y dispositivos de control. Pensar que eliminar al presidente de Venezuela equivale a eliminar el régimen es repetir un error histórico.

Venezuela ya vivió algo parecido. Hugo Chávez murió y el sistema no colapsó. Se reconfiguró. Cambió de rostro, no de lógica. Hoy, capturar al gobernante no significa desmantelar las fuerzas que sostienen el orden venezolano, sino abrir una disputa por quién administra ahora ese mismo poder.

La pregunta no es si Maduro merecía o no salir del poder. Esa discusión está agotada. La pregunta real es quién llena el vacío y bajo qué reglas.

El nuevo lenguaje para intervenir sin decir “intervención”

Estados Unidos ha aprendido algo clave: las invasiones ya no se venden como invasiones. El discurso cambió. Ya no se habla de golpes de Estado, soberanía o restauración democrática. Ahora se habla de criminales, narcotráfico, terrorismo y amenazas globales.

No se interviene un país, se persiguen criminales. El territorio deja de ser político y se convierte en objeto de persecución. Así se reduce el costo diplomático y se legitima la presencia extranjera sin romper, al menos en apariencia, el orden internacional.

No es una ruptura del sistema, es el uso inteligente de sus grietas.

Despolitizar para dominar

Aquí entra Carl Schmitt y su advertencia brutalmente vigente: “Quien define al enemigo, define el orden”. Cuando una potencia decide quién es criminal y quién no, también decide quién pierde soberanía.

Durante años, los crímenes del régimen venezolano fueron documentados sin consecuencias reales. Hoy, de pronto, el tema se vuelve urgente. No porque haya cambiado la realidad interna, sino porque cambió la narrativa internacional y los intereses estratégicos.

El poder no actúa tarde. Actúa cuando le conviene.

El dilema que nadie quiere mirar de frente

Defender la soberanía de un país no implica defender dictaduras. Criticar un régimen autoritario no significa legitimar una intervención externa. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, aunque incomoden.

Reducir el debate a “Maduro sí o Maduro no” es simplificar un conflicto que tiene dimensiones regionales y globales. Venezuela no es solo Venezuela. Es energía, minerales, territorio, posición estratégica y un mensaje para el resto de América Latina.

Hoy Venezuela, mañana otros

La preocupación no termina en Caracas. Si mañana México decide no ceder en su política energética, no entregar litio o proteger sus recursos estratégicos, la narrativa ya está lista: narcoestado, terrorismo, amenaza regional.

El fentanilo como arma, los cárteles como terroristas, la inseguridad como pretexto. El lenguaje ya existe. Solo falta activarlo.

La percepción de democracia o dictadura, en este esquema, depende menos de los derechos humanos y más de la disposición a entregar recursos.

Una región fragmentada y gobiernos bajo presión

América Latina no llega unida a este momento. Gobiernos progresistas han sido aislados, otros se han alineado abiertamente. La presión no es solo política, es económica y simbólica.

México, bajo el liderazgo de Claudia Sheinbaum, enfrenta uno de los escenarios más complejos de las últimas décadas. Defender la soberanía sin romper relaciones, resistir sin aislarse, negociar sin someterse. No hay manual para eso.

Mientras tanto, Estados Unidos no se prepara para enfrentar a la región, sino a China. América Latina es el tablero, no el rival.

¿Qué sigue después de Maduro?

Sí ya cayó, el problema no se resuelve. Se transforma. La disputa será por el orden que lo sustituya, por quién controla los recursos, por quién define las reglas del nuevo juego.

El verdadero riesgo no es el colapso de un régimen, sino la normalización de un modelo donde la soberanía se vuelve condicional.

Hoy la pregunta no es qué pasará con Venezuela. La pregunta es qué precedente se está construyendo para toda la región.

Y esa es una conversación que ya no se puede seguir posponiendo.

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