El director mexicano que transformó el miedo en belleza y la oscuridad en arte
De “Cronos” a “Pinocho”, el viaje de un creador que elevó el cine mexicano al mundo
Por Danny Medina
El niño que habló con los monstruos
Guillermo del Toro creció en Guadalajara rodeado de santos sangrantes y crucifijos que lo observaban desde los muros de su casa. Entre rezos y pesadillas, aprendió algo que marcaría su cine para siempre: que la belleza y el horror pueden convivir. Años más tarde, aquel niño que hacía pactos con las sombras terminaría siendo el hombre que le dio rostro humano a los monstruos.
Desde su primera película, Cronos (1993), el director mexicano mostró una obsesión luminosa con la muerte y lo imperfecto. En su universo cinematográfico, los monstruos no son amenazas, sino espejos que devuelven nuestra propia fragilidad.
Un alquimista del cine mexicano
Antes de conquistar Hollywood, Del Toro debió sobrevivir al escepticismo de una industria nacional que miraba con recelo al género fantástico. Cronos le costó la casa, el coche y casi su estabilidad, pero también le abrió las puertas del Festival de Cannes, donde ganó reconocimiento internacional. A partir de entonces, su nombre quedó inscrito entre los visionarios del cine latinoamericano.

Con El espinazo del diablo (2001), ambientada en la Guerra Civil Española, el cineasta demostró que el miedo podía ser un vehículo para la memoria histórica. No se trataba de asustar, sino de conmover. El niño fantasma que busca justicia en esa cinta anticipaba la ternura brutal que más tarde veríamos en El laberinto del fauno (2006).
El laberinto del fauno: entre la guerra y la inocencia de Guillermo del Toro
En El laberinto del fauno, Del Toro creó un espejo donde la imaginación y el horror se funden. La pequeña Ofelia no huye del fascismo español refugiándose en la fantasía: lo enfrenta. La cinta obtuvo tres premios Óscar y consagró a su autor como un narrador universal, capaz de hablar del dolor sin renunciar a la esperanza.
“Los monstruos son los verdaderos santos”, dijo alguna vez. Y en esa frase se resume toda su filosofía: los seres deformes, perseguidos o distintos son los guardianes de una verdad que los humanos olvidan.
De Hollywood a los sueños animados
Tras ganar el Óscar con La forma del agua (2017), una fábula sobre la diferencia y el amor improbable entre una mujer muda y una criatura anfibia, Del Toro decidió regresar al origen: la infancia. En 2022 estrenó Pinocho en Netflix, una obra maestra del stop motion que reinterpreta la fábula clásica desde la mirada de un creador que conoce la pérdida y el asombro.
Su versión transcurre en la Italia fascista de Mussolini, donde el pequeño muñeco de madera no sueña con ser humano, sino con ser libre. La película ganó el Óscar a Mejor Película Animada, confirmando que el arte de Del Toro no conoce fronteras entre lo humano y lo imposible.
Frankenstein: el regreso a su obsesión más profunda
En 2025, el cineasta mexicano estrenará su esperada versión de Frankenstein, la historia que lo marcó en la infancia. No será una película de terror, sino una elegía sobre la soledad y la creación. “No veo a Frankenstein como un monstruo —ha dicho— sino como un santo incomprendido”.
Para Del Toro, cada criatura es una metáfora de nuestra necesidad de pertenecer. En su filmografía, los seres deformes encarnan la pureza que los humanos perdieron.
El legado del mago tapatío
Guillermo del Toro no solo ha reinventado el cine fantástico, también ha tendido puentes entre el arte y la compasión. Ha financiado becas, apoyado a jóvenes cineastas y recordado que el verdadero poder está en la imaginación. Su voz resuena más allá de las pantallas: una voz que nos dice que dentro del horror puede habitar la ternura.
En cada entrevista, Del Toro sonríe con la misma mirada que tenían aquellos monstruos que lo visitaban en sueños. Quizás por eso todo el mundo lo quiere. Porque, en el fondo, nos enseñó que incluso la oscuridad puede tener alma.