Primero quitaron las rejillas, después llegó el agua y ahora las regresan: la historia de la Avenida Primo de Verdad en Durango

Por DannyMedina
Hay obras públicas que uno no entiende hasta que llueve. Y luego están las que uno entiende perfectamente cuando llueve, pero ya es demasiado tarde. En la avenida Primo de Verdad pasó algo parecido: durante años hubo rejillas pluviales distribuidas a lo largo de la calle, de esas cosas poco vistosas que nadie fotografía para presumir en redes sociales, pero que tienen una función bastante sencilla: recoger el agua antes de que el agua decida convertirse en río.
El problema apareció hace aproximadamente un mes, cuando esas rejillas comenzaron a desaparecer o a reducirse de manera considerable. No hablamos de una pequeña modificación estética ni de cambiar una tapa por otra. La captación pluvial, según lo denunciado por vecinos y comerciantes, se redujo cerca de 80 por ciento. Así, sin demasiadas explicaciones públicas y justo antes de que las lluvias recordaran que el agua, cuando cae en cantidad suficiente, tiene la mala costumbre de buscar por dónde salir.
El 19 de mayo de 2026 ya se había advertido.
—Si llegan las lluvias, alguien tendrá que responder.
La frase parecía entonces una advertencia. Después terminó pareciendo una especie de profecía bastante barata, de esas que nadie quiere acertar.
Porque las lluvias llegaron.
Y Primo de Verdad se convirtió en un problema.
El agua comenzó a acumularse, la zona terminó inundada y comerciantes y familias tuvieron pérdidas económicas. No hubo, por fortuna, pérdidas humanas. Pero conviene detenerse ahí un momento, porque en materia de obra pública solemos celebrar demasiado rápido la ausencia de muertos y olvidar que perder mercancía, muebles, vehículos, herramientas o el ingreso de varios días también significa pagar una factura que alguien termina absorbiendo.
La pregunta incómoda es bastante sencilla: ¿por qué se redujo la capacidad de captación pluvial de una avenida que ya contaba con infraestructura para enfrentar las lluvias?
Y todavía hay una segunda pregunta, quizá más incómoda: ¿quién decidió hacerlo?
No parece que las rejillas hubieran desaparecido porque el agua dejara de caer en Durango. Tampoco porque la ciudad hubiera encontrado, finalmente, la manera de negociar con las nubes. Mucho menos porque Primo de Verdad hubiera cambiado de ubicación y ahora estuviera en el desierto.
La responsabilidad política de lo ocurrido apunta al gobierno municipal de Toño Ochoa y, específicamente, al área de Aguas del Municipio, encabezada por Jesús González Smith. Eso no significa que una inundación pueda atribuirse automáticamente a una sola decisión sin conocer el expediente técnico, los motivos de la modificación y quién autorizó cada intervención. Pero sí significa que cuando una infraestructura hidráulica se modifica, alguien debe explicar por qué se hizo y con qué estudios.
Porque las rejillas no se ponen en una calle para que la administración de turno tenga algo que inaugurar. Se ponen porque alguien calculó que por ahí iba a pasar agua.
Y aquí aparece esa vieja costumbre de la obra pública mexicana: primero modificamos, después vemos qué sucede y, si sucede algo feo, regresamos las cosas a como estaban.
El 12 de agosto ocurrió precisamente eso.
Las rejillas pluviales volvieron a colocarse como estaban antes.
Qué coincidencia tan curiosa: después de la inundación, la infraestructura que aparentemente ya no era necesaria volvió a resultar necesaria.
Es difícil no imaginar la escena. Alguien mirando el agua acumulada y diciendo:
—Pues quizá sí servían.
Quizá.
La parte verdaderamente extraña es que para descubrirlo haya tenido que llegar una inundación.
Lo ocurrido en Primo de Verdad deja una lección mucho menos espectacular que cualquier discurso de gobierno, pero bastante más útil: la infraestructura urbana no debería modificarse por ocurrencia, comodidad o criterio improvisado. Mucho menos aquella relacionada con el agua. Porque el agua no negocia, no pide cita y tampoco entiende de comunicados.
Y cuando encuentra una calle sin suficientes rejillas, simplemente ocupa la calle.
También conviene recordar que el 19 de mayo no se habló después de los hechos. Se habló antes. Se señaló que estaban cubriendo rejillas de captación pluvial. Se advirtió que, si llegaban lluvias fuertes, habría consecuencias.
Llegaron.
Las consecuencias también.
Y ahora las rejillas están nuevamente ahí.
La pregunta que queda flotando —más que el agua de aquella inundación— es qué habría pasado si nadie hubiera reclamado. ¿Habrían regresado? ¿O habríamos esperado otra lluvia, otra inundación, otras pérdidas y quizá entonces sí alguna explicación?
Hay algo casi infantil en descubrir que una rejilla sirve para recoger agua cuando acaba de llover. Pero quizá esa sea precisamente la ironía de todo esto: la ciudad tenía una solución antes de tener el problema y decidió reducirla.
Ahora la solución volvió.
Solo falta saber quién explicará el experimento y quién hará el pago de los daños.
