He-Man regresa: ¿vale la pena ver la película Amos del Universo 2026? ¡Yo tengo el poder!
La nueva película de He-Man llega a los cines de México este 4 de junio con un reparto estelar, un director que sabe lo que hace y una recepción crítica que oscila entre el entusiasmo y la decepción. Esto es lo que hay que saber antes de comprar la entrada
Amos del Universo: el hombre más poderoso del universo llega con bíceps y sin alma propia
Travis Knight dirige la segunda adaptación cinematográfica de He-Man con un reparto solvente, una estética que abraza el delirio de los ochenta y un Jared Leto como Skeletor que se roba la función. El problema es que la película sabe exactamente lo que quiere ser, pero no siempre sabe por qué
★★★☆☆
Existe una forma particular de nostalgia industrial que Hollywood ha perfeccionado en los últimos años: la de tomar una franquicia amada por una generación, envolverla en ironía autoconsciente y presentarla como si esa ironía fuera, en sí misma, un argumento artístico. Barbie lo hizo con brillantez inusual. Masters of the Universe lo intenta con resultados más modestos, aunque considerablemente más honestos de lo que cualquiera habría apostado hace una década, cuando el proyecto llevaba quince años hundiéndose en el fango del desarrollo fallido de distintos estudios.
Travis Knight tomó con esta película una decisión que, en los tiempos actuales, parece casi revolucionaria: no avergonzarse de la ridiculez de He-Man. Es una elección que le honra, y que distingue Amos del Universo de otras adaptaciones de propiedades nostálgicas que intentan disimular su origen detrás de una gravedad prestada. Eternia, en esta versión, es exactamente lo que siempre fue: un lugar absurdo, colorido y deliberadamente excesivo donde un hombre musculoso en ropa interior de cuero empuña una espada mágica para salvar un reino de nombre impronunciable. Knight no se disculpa por nada de eso. Y tiene razón en no hacerlo
El problema es otro.
El peso de la franquicia y el síndrome de la secuela anunciada
La historia sigue al príncipe Adam, un niño que llega a la Tierra en una nave espacial y crece separado de la Espada de Poder de Grayskull. Años después, recupera el arma y debe regresar a Eternia para enfrentarse a Skeletor y salvar su reino. Es el esquema del héroe de Joseph Campbell en su forma más elemental, sin adornos filosóficos ni ambigüedades morales que compliquen la digestión. Eso podría ser una virtud. En ocasiones lo es. Pero el guion, firmado por un equipo de cuatro escritores —señal de alarma en cualquier producción de este tipo—, carga con el peso visible de estar construyendo un universo más que contando una historia.

Desde The Hollywood Reporter se apunta que todo se siente demasiado calculado, como si todos los involucrados ya estuvieran pensando en las futuras secuelas. La observación es justa. Hay personajes que aparecen, se presentan y desaparecen con la precisión de quien siembra semillas para cosechas que llegarán en las partes dos y tres. El resultado es una mezcla de fantasía, ciencia ficción, comedia y guiños metacinematográficos que no siempre logra justificar sus 141 minutos de duración.
El mensaje original ochentero de la saga —aquello de glorificar la fuerza física como solución universal a cualquier problema— ha quedado un poco desubicado en el contexto actual. Así que ha tocado pasarle el filtro de actualización ideológica: ahora el héroe ya no resuelve conflictos únicamente a base de bíceps, sino también de diálogo y escucha activa. La Espada del Poder sigue siendo importante, pero viene acompañada de lecciones sobre identidad, pertenencia y responsabilidad que la película no siempre sabe integrar con naturalidad en su propio delirio.
Nicholas Galitzine y el arte de tomarse en serio lo que nadie se toma en serio
Galitzine logra transmitir la evolución de Adam, de joven príncipe inexperto a convertirse en el temido guerrero He-Man. Lo que no figura en esa descripción, y que es donde reside su verdadero mérito, es la dificultad técnica de interpretar a un personaje que existe en el límite permanente entre la épica y la autoparodia sin caer definitivamente hacia ninguno de los dos lados. Galitzine lleva al personaje con una torpeza leve y calculada, que sacude en cuanto comienzan las secuencias de acción: en ellas es todo profesionalidad, y cumple.
Camila Mendes construye a Teela con suficiente fuerza y criterio propio como para que el personaje no sea una simple acompañante decorativa. Idris Elba como Man-at-Arms aporta la gravedad que el relato necesita cada vez que amenaza con flotar demasiado lejos de cualquier emoción real. La película logra momentos de gran brillantez al coquetear con el estilo de Guardians of the Galaxy o el Thor de Taika Waititi. La comparación no es ociosa, aunque tampoco completamente favorable: ambas referencias lo hacen mejor.
Jared Leto, o cómo robar una película a base de puro exceso
Si Amos del Universo tiene un argumento irrefutable a su favor, se llama Jared Leto. Su Skeletor es una criatura construida enteramente sobre la lógica del exceso controlado: cada gesto, cada inflexión vocal, cada aparición en pantalla está calibrada para producir el máximo efecto con el mínimo pudor. El crítico Jeremy Jahns lo definió sin rodeos como la actuación más destacada de la película: el Skeletor de Leto es lo más divertido que ocurre en pantalla en cada momento que aparece.
Es una actuación que pertenece a una tradición específica del cine de género: la del villano que se divierte más que nadie y arrastra al espectador en esa diversión. Frank Langella lo hizo en la versión de 1987. Leto lo hace aquí con recursos completamente distintos y con una conciencia del material que resulta, paradójicamente, más sofisticada que la de muchos de sus compañeros de reparto. Alison Brie, como Evil-Lyn, presenta actuaciones de gran carisma y es, junto a Leto, quien más se divierte en pantalla. El dúo de antagonistas es, con diferencia, la razón más sólida para comprar la entrada.
Travis Knight y la oportunidad a medias
Knight había demostrado una sensibilidad especial para trabajar con propiedades intelectuales nacidas fuera del cine: con Kubo and the Two Strings entregó una auténtica obra maestra de la animación stop motion, y con Bumblebee consiguió algo que parecía imposible, la mejor película de la franquicia Transformers, recuperando el corazón que las entregas de Michael Bay habían perdido entre explosiones interminables.
Con Amos del Universo demuestra que sabe dónde están las emociones de esta historia y cómo llegar a ellas. La película abraza por completo el espíritu camp que siempre definió a la franquicia: Eternia parece una portada de álbum de rock progresivo llevada a la pantalla, con Brian May colaborando en la banda sonora. Lo que Knight no consigue del todo es que esa coherencia estética se traduzca en coherencia narrativa. La película sabe cómo verse. No siempre sabe qué quiere decir.
Con un guion autoconsciente y un reparto con energía, Masters of the Universe es una aventura encantadora que encuentra la humanidad dentro de He-Man. Pero encantadora es, en el vocabulario del cine, una palabra que también puede leerse como limitación.
Veredicto
Amos del Universo es mejor película de lo que nadie tenía derecho a esperar y peor de lo que su propio talento acumulado permitiría. Consigue algo que parecía imposible: hacer funcionales los juguetes. Eso es, en el contexto de esta franquicia y de este momento del cine de entretenimiento industrial, un logro genuino que no conviene subestimar.
Pero una película que sabe perfectamente lo que es no debería conformarse con serlo a medias. Amos del Universo tiene el poder. Le falta la convicción de usarlo del todo.