junio 04 2026

Más de 50 años después, el Asesino del Zodiaco sigue ganando. Y eso debería incomodarnos

Hay algo perturbador en el hecho de que recordemos el nombre del Zodiaco y no el de todas sus víctimas. Esa asimetría no es un accidente. Es el resultado de décadas de fascinación colectiva que convirtieron a un asesino sin rostro en una leyenda, y a sus crímenes en entretenimiento.

El caso lleva más de medio siglo abierto. Nadie ha sido condenado. Las cartas que el asesino envió a los periódicos californianos a finales de los años sesenta siguen siendo, para muchos, uno de los misterios más inquietantes de la historia criminal moderna. Y la película de David Fincher, que revisita aquellos años con una precisión casi enfermiza, sigue encontrando nuevas audiencias cada vez que alguien descubre que la historia es real.

El asesino que eligió los medios como escenario

Lo que distingue al Zodiaco de otros criminales de su época no es solo la violencia de sus ataques. Es la inteligencia con la que construyó su propia mitología.

Las cartas que enviaba a los periódicos no eran simples amenazas. Eran un guion. Incluían códigos cifrados, símbolos propios y detalles que solo el responsable podía conocer. Cada mensaje obligaba a los medios a publicar, al público a leer y a las autoridades a responder. El asesino entendió antes que nadie que la atención mediática podía ser un arma tan efectiva como cualquier otra.

California vivió bajo esa sombra durante años. Y el país entero prestó atención.

La obsesión como segundo crimen

Uno de los aspectos que la película de Fincher retrata con más honestidad es el daño que el misterio hace a quienes intentan resolverlo.

El dibujante Robert Graysmith, uno de los protagonistas reales de la historia, dedicó años de su vida a seguir pistas, revisar archivos y construir teorías. Lo que comenzó como curiosidad profesional terminó costándole el matrimonio, el tiempo con sus hijos y buena parte de su salud mental. No es el único. Detectives, periodistas e investigadores independientes han repetido ese patrón una y otra vez a lo largo de las décadas.

Hay algo en los casos sin resolver que activa un mecanismo difícil de apagar. La necesidad de encontrar un final donde no lo hay. De imponer orden en el caos. De ganarle, aunque sea en papel, a alguien que se fue sin ser atrapado.

El Zodiaco nunca fue capturado. Pero en cierto sentido, nunca dejó de capturar a otros.

Por qué no podemos mirar hacia otro lado

Los especialistas en criminología llevan años estudiando la relación entre el público y los asesinos seriales, y sus conclusiones no son cómodas.

Una parte de la fascinación es cognitiva: queremos entender lo que no podemos imaginar. La mente humana tiende a buscar explicaciones para los comportamientos más extremos, no por morbosidad sino por una necesidad antigua de identificar amenazas y comprenderlas.

Otra parte es narrativa. Los medios de comunicación, desde los periódicos de los años sesenta hasta los podcasts de true crime de hoy, presentan estos casos como rompecabezas con pistas, sospechosos y giros inesperados. El público termina participando mentalmente en la investigación, como si resolver el caso fuera también su responsabilidad.

Y luego está el componente más incómodo: el morbo. La misma atracción que sentimos ante el peligro cuando estamos a salvo de él.

El precio que pagan las víctimas

Aquí es donde la fascinación se vuelve problemática.

Con el paso del tiempo, el símbolo del Zodiaco, sus cartas y sus mensajes cifrados se volvieron más reconocibles que los nombres de las personas que murieron. El misterio creció. Las víctimas se diluyeron en el fondo de una historia que, con cada documental, cada película y cada podcast, se cuenta una vez más desde el punto de vista del asesino.

Numerosos especialistas y familiares de víctimas han señalado ese desequilibrio. No piden que se deje de hablar del caso. Piden que cuando se hable de él, se recuerde también que detrás de cada carta había personas reales con nombres, familias y vidas truncadas.

Es una petición razonable. Y también es, cincuenta años después, la parte que con más frecuencia se olvida.

Un expediente que el tiempo no cierra

El caso sigue técnicamente abierto. A lo largo de las décadas han surgido sospechosos, teorías y supuestas confesiones que no han logrado cerrar el expediente de manera definitiva. En 2021, un grupo de investigadores independientes señaló a un nuevo sospechoso, generando otra oleada de interés mediático que se apagó tan rápido como llegó.

Quizá por eso el Zodiaco permanece. Porque un misterio sin resolver es, por definición, una historia que nunca termina. Y las historias que nunca terminan son exactamente las que no podemos dejar de contar.

El problema no es la fascinación. El problema es olvidar, en medio de ella, que esto no fue una historia. Fue un crimen.