La inspiradora historia de Carmelita Correa: de un rancho en Chiapas al récord mexicano de salto con pértiga y su misión de transformar a jóvenes atletas
Una vida contada desde el corazón
“Esta soy yo, Carmelita Correa, atleta de salto con garrocha y cada vez más cerca del cielo”. Con esa frase, la deportista mexicana resume una historia que mezcla disciplina, dolor, fe y sueños cumplidos, desde un rancho en Chiapas hasta el récord mexicano de salto con pértiga. Su testimonio no es solo una biografía deportiva: es una lección de constancia para cualquier persona que siente que su origen le queda “chico” frente a lo que sueña lograr.
En un emotivo video, Carmelita abre su corazón y rompe una barrera personal: la de contar con honestidad lo que ha vivido, lo que ha perdido y lo que ha ganado. Habla de tropiezos, de depresión, de momentos sin dinero y sin entrenador, pero también de la satisfacción de ver cómo los sueños se cumplen cuando se sostienen en el tiempo con trabajo y convicción.
De un rancho a la capital: el inicio del sueño
Carmelita Correa nació en Chiapas, “en un rancho chiquito”, como ella misma cuenta, donde el deporte era más ilusión que realidad estructurada. Su papá, amante del deporte, decidió inscribirla a ella y a sus hermanas en actividades vespertinas para mantenerlas ocupadas en algo productivo: dibujo, gimnasia y atletismo.
Desde niña mostró talento para el dibujo –años después se convertiría en arquitecta– y un gusto especial por la gimnasia, un deporte que exige coordinación, seguridad y control del cuerpo. Sin embargo, a los 10 años, frente a la televisión y viendo unos Juegos Olímpicos, su vida cambió: por primera vez vio el salto con pértiga y supo, sin dudar, que quería “volar como esas mujeres”.
El problema: en Chiapas, en ese momento, prácticamente no existían las condiciones para practicar salto con pértiga. No había infraestructura, ni colchones adecuados, ni cajón de salto. Pero sí había algo que la propia Carmelita identifica como su mayor virtud: la constancia.
El flechazo con el salto con pértiga
Su entrenador detectó rápidamente que tenía coordinación y habilidades para las pruebas técnicas. Aun así, le explicó que para competir formalmente en salto con pértiga tendría que esperar hasta los 15 años, cuando pudiera entrar a la categoría correspondiente. Para muchos, cinco años serían una eternidad; para Carmelita, fueron un compromiso silencioso consigo misma.
Mientras esperaba, compitió en varias pruebas de atletismo: velocidad, 100 metros planos, salto triple y otras disciplinas de pista. Llegó a colocarse quinta a nivel nacional en categorías juveniles, aun entrenando en condiciones precarias: un colchón roto en muchos pedazos, un hoyo en la tierra y un material mínimo para practicar.
Lo que para otros hubiera sido una excusa para renunciar, ella lo transformó en impulso. Sabía que, si se quedaba en Chiapas sin buscar nuevas oportunidades, no podría explotar su máximo potencial en el salto con pértiga.
Tec de Monterrey: una beca que cambió su destino
En una competencia nacional, ya con 16 o 17 años, Carmelita vio por primera vez al equipo del Tec de Monterrey, campus Monterrey: un grupo de atletas con uniforme, un entrenador especializado en salto con pértiga, una gran cantidad de varas y material deportivo. “Yo quiero estar ahí”, se dijo, guardando casi una foto mental de esa escena.
Sabía que ganar el nacional de su categoría y clasificar al Panamericano juvenil podía abrirle la puerta a una beca universitaria. En su casa, la realidad económica era clara: sus papás no podían pagar una universidad privada y cara. Su mejor opción era una beca deportiva casi total.
Con esfuerzo, rompió el récord nacional juvenil, ganó la medalla de oro y llamó la atención del entrenador del Tec, quien la invitó a presentar exámenes académicos y pruebas físicas. Los pasó con éxito. Luego llegó la llamada que le cambiaría la vida: el Tec le ofrecía una beca del 90%, más residencia universitaria y alimentos diarios.
Con apenas 18 años, dejó su casa, su estado y su zona de confort para mudarse a Monterrey. Ahí se enfrentó a un doble reto: cumplir con una carrera tan demandante como Arquitectura y mantenerse al más alto nivel deportivo en salto con pértiga. Eran entrenamientos, tareas, proyectos, promedios que cuidar… y, aun así, logró terminar la carrera y seguir creciendo como atleta.
Depresión, soledad y el desafío de empezar de cero
Terminada la universidad, Carmelita se encontró con una realidad dura: ya no tenía toda la estructura del Tec, ni al mismo entrenador, ni las mismas facilidades. Vivió dos años que ella describe como muy difíciles, marcados por la depresión, la falta de recursos y la sensación de haber pasado de “tenerlo todo” a no tener casi nada.
Sin entrenador fijo y con trabajos de medio tiempo para poder sobrevivir, intentó seguir entrenando, aunque emocional y físicamente no estaba en su mejor momento. Llegó a sentir que quizá lo mejor era buscar un trabajo estable y renunciar al alto rendimiento, como muchos a su alrededor le sugerían. Pero, en lugar de ceder, decidió que el salto con garrocha sería su terapia.
Con la poca liquidez que tenía, tomó una decisión arriesgada: invertir en su propio material. Compró garrochas por alrededor de 15 mil pesos, sacrificando casi todo su presupuesto para vivir. Su apuesta salió bien: poco tiempo después rompió el récord mexicano de salto con pértiga y consiguió un patrocinio que le permitió enfocarse nuevamente en su carrera deportiva.
El récord mexicano y la confirmación de un sueño
Con trabajo en equipo, entrenamientos en Ciudad de México y competencias en Estados Unidos, Carmelita Correa logró una marca histórica: 4.41 metros, récord mexicano vigente de salto con pértiga femenil. Sentirse en el ranking, ver su nombre asociado a un récord nacional, fue la confirmación de que todos los sacrificios –las noches sin dormir, los viajes, el dinero invertido, los años de esfuerzo– había valido la pena.
Aun así, la vida deportiva no es una línea ascendente perfecta. Después de los Juegos Centroamericanos, se sintió agotada, sin motivación, encadenando malos resultados. Tomó la decisión de parar unos meses, viajar a Europa, tomar distancia y replantearse su relación con el salto.
Esa pausa, más que una renuncia, fue un respiro necesario para descubrir que también tenía otras facetas, otros talentos y otra forma de aportar al deporte.
Regresar a Chiapas: del alto rendimiento a la misión social
Regresar a su estado no fue fácil. Le tenía miedo a la idea de “volver al rancho”, de sentir que retrocedía después de haber estado en grandes ciudades, universidades y escenarios deportivos. Habían pasado 22 años desde que salió de casa y volver implicaba enfrentarse a emociones que casi había olvidado: la vida familiar cotidiana, el apoyo cercano de padres y hermanos, pertenecer de nuevo a un lugar.
Pero, en ese regreso, descubrió otra misión: compartir lo que había aprendido. Carmelita siente una responsabilidad social con Chiapas y con México: dar a los jóvenes lo que ella no tuvo cuando era juvenil, cuando practicar salto con pértiga era casi una aventura solitaria.
Hoy, junto con un arquero tres veces olímpico, trabaja en la creación de una escuela de deporte (tiro con arco y salto con pértiga) en Chiapas. Su objetivo es claro: que las nuevas generaciones tengan acceso a infraestructura, entrenadores y acompañamiento, para que ningún talento se pierda por falta de oportunidades.
Un mensaje directo para quienes sueñan
Al final de su relato, Carmelita Correa deja un mensaje que sirve tanto para atletas como para cualquier persona que enfrenta obstáculos: los sueños no suelen salir a la primera. A veces se cumplen en el intento 7, en el 100 o en el 1000, pero necesitan una clave: creer en uno mismo incluso cuando el entorno no acompaña.
Reconoce que, muchas veces, la familia, los amigos o la gente cercana pueden dudar de nuestros proyectos, pero insiste en algo: nosotros tenemos la obligación de apostar por nosotros mismos. Nadie lo hará por nosotros si no damos el primer paso.
Carmelita, “cada vez más cerca del cielo”, no solo ha dejado huella con sus marcas en la pista, sino con un mensaje de fe, disciplina y resiliencia que puede inspirar a cualquiera que esté a punto de renunciar.